PALABRAS QUEMADAS | Ed.14

CARNE MUTILADA | "Mano de Obra" de Diamela Eltit

Categoría: Palabras Quemadas 14 Creado: Domingo, 02 Julio 2017 07:23

"Mano de obra"  de Diamela Eltit.

"Mano de obra" constituye una interesante pieza del complejo e imbricado esqueleto que Diamela Eltit viene componiendo desde la aparición de "Lumpérica", en 1983, vale decir, una épica de la marginalidad que se levanta, en esta ocasión, contra la explotación de los segregados a manos de la economía de libre mercado y su sociedad del control. La séptima novela de Eltit reproduce, entonces, el cáncer consumista que devora a los sujetos, hiriendo sus cuerpos y, en consecuencia, amansándolos como otredad. 

“El despertar de los trabajadores” y “Puro Chile” –las dos partes en que está dividida la obra- espejean el disciplinamiento al que son sometidos los personajes de Mano de obra, los que, lejos de la complejidad de las estructuras mentales de los seres humanos, parecen entes mutilados y vacíos; animales cuyo único propósito es sobrevivir en un medio en que el despido significa la relegación y la agonía.

“El despertar de los trabajadores” está narrado en primera persona por un reponedor de un supermercado que, progresivamente, revela las prácticas de vigilancia y control que van domesticando su cuerpo. El supermercado ejerce una mecánica de devastación y sumisión a través de la acción represiva de los supervisores, la artificialidad del ambiente – determinada por las luces y la música-, las extensas jornadas laborales que marcan a fuego el tiempo en el cuerpo y volatilidad laboral que se cierne como una perenne amenaza de cesantía.

La penetración del supermercado en la piel del reponedor se pone de manifiesto al considerar no solo la irrupción de las preocupaciones laborales en la vida privada, sino aun su incidencia en su enfermedad: “Asisto al inconcebible fracaso de mis noches. Porque (yo) las noches las dedicaba (cuando fulgía el don de mi salud inquebrantable) a rememorar la situación de las mercaderías. Las repaso todavía cada noche y la siguiente con el desánimo y la obligación uniforme que portan las tragedias” (48). Ni siquiera la sexualidad escapa al influjo del sistema de control: “Después de todo soy un hombre aunque, en algún sentido (lo sé), termino enredado a la imagen con que se define una mujer. Mujercita yo” (45). Diamela Eltit cuestiona, en definitiva, las nociones de género –al igual que las raciales- sobre la base de las categorías del poder atribuidas, históricamente, a hombres y mujeres.

La sumisión de los trabajadores se manifiesta íntegramente en el capítulo denominado “El obrero gráfico”, debido a que el sistema económico de transforma en un verdadero Dios oscuro: “El insuperable cuerpo de Dios se aproxima para palparme y recorrerme y obligarme al refinado oficio de su puta preferida” (63). Posteriormente, no hay espacio de resistencia para un cuerpo ultrajado.

Pese a las diferencias formales que existen entre ambas partes de Mano de obra, que tienen que ver con los rasgos más novelescos de “Puro Chile” –narración de acciones en un tiempo determinado-, éstas presentas amplias convergencias en cuanto a su significación. Así, el narrador de la segunda parte también da a conocer la mutilación que enfrentan los miembros de una comunidad propia de la internacionalización de la economía de mercado, es decir, unidas por simples necesidades de supervivencia.

Bajo este prisma, se encuentran los roles desempeñados por los personajes femeninos en Mano de obra, los que, por cierto, son seres disciplinados a las necesidades del sistema de control. Mientras Sonia no es más que un símbolo de la devastación física de la mujer –sufre la pérdida de un dedo-, Gloria es el modelo clásico de la mujer sometida y dominada, producto útil para satisfacer necesidades domésticas y fisiológicas. Isabel resulta, en esa línea, el caso más simbólico debido a que representa al objeto sexual por antonomasia y, además, la toma de conciencia del sometimiento ante las reglas del mercado: “Sabíamos que adentro uno de los supervisores le estaba lamiendo el culo. Eso nos dijo ella. ‘Me lame el culo’. Agregó que ella también era una lameculos porque dejaba que (ese viejo asqueroso), (lo dijo despacio), le pasara la lengua por el trasero y afirmó que francamente no le importaba. La tenía sin cuidado. No le costaba nada ser una lameculos. ‘Todos ahora lo son’, dijo. ‘Todos sin excepción” (80).

Los personajes masculinos son, también, simples actantes que desempeñan su función específica. Alberto simboliza los anhelos de justicia social que no tienen cabida en el Chile post Pinochet, precisamente por lo que es traicionado y despedido. Enrique es el líder individualista y falso que solo vela por sus intereses. Gabriel representa al joven iconoclasta e inconsciente que está dispuesto a ir en contra de todo. Y Pedro es el alcohólico y drogadicto que arrastra a sus amigos a la perdición.

El consumo de cocaína en que se sumerge la comunidad al final del relato contribuye, ciertamente, a la debacle de los cuerpos lacerados por el mercado. Más que caminos de protesta o rebelión responden, sin embargo, a estrategias de evasión propias de seres desesperados que, claramente, buscan breves momentos de satisfacción: “Aspirábamos, sí, sí, para alegrarnos y, por una vez, lograr conversar y reírnos con el afecto, la decencia y la sinceridad que caracteriza a los seres humanos” (167).

Uno de los argumentos más relevantes en orden a demostrar la sumisión de los personajes de Mano de obra, es el uso y el abuso que realizan de los improperios. De hecho, no existe diálogo en que no sea incluido algún garabato. Lo anterior, tiene que ver con la creencia de Eltit respecto de que no hay espacios para la generación de discursos públicos y, en consecuencia, es imposible que los marginados luchen por mayores espacios de justicia social. No deja de ser simbólico, a ese efecto, el cierre de la novela, pues Gabriel articula el argumento esencial de la democracia de los acuerdos de la Transición y, por ende, de la preservación del status quo con un lenguaje vulgar: “vamos a cagar a los maricones que nos miran como si nosotros no fuéramos chilenos. Sí, como si no fuéramos chilenos igual que todos los demás culiados chuchas de su madre. Ya pues huevones, caminen. Caminemos. Demos vuelta la página” (176). Las autoridades y la oposición impulsaron por cerca de una década –hasta la detención de Pinochet- un discurso tendiente a olvidar el pasado y a conservar las aguas políticas en calma.

Diamela Eltit agrega, en definitiva, una nueva costilla a la ‘política de la escritura’ que viene configurando en las últimas décadas, retratando la opresiva y dolorosa condena que pesa sobre los estratos más desprotegidos de la sociedad. Eltit muestra a todas luces la épica de la carne mutilada para dejar en claro que, por ahora, ellos no tienen esperanzas. Mano de obra revela una prisión invisible y ominosa que conmina a abrir los ojos y a subvertir el control del (super)mercado.

 

Bibliografía

Eltit, Diamela. Mano de obra. Santiago: Editorial Planeta chilena, 2002.

 

 

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