PALABRAS QUEMADAS | Ed.15

EL MUNDO DE CRISTINA

Escrito por Alexis Candia
Categoría: Palabras Quemadas 16 Creado: Viernes, 12 Enero 2018 07:23


INTRODUCCIÓN

Hipótesis 1: Una muñeca perfecta refleja una cárcel.

Hipótesis 2: Una muñeca rota bifurca el camino.

¿Qué hay más allá de las máscaras? Lo velado, lo oculto, el verdadero rostro. Más allá de las máscaras propone, acorde a esta definición, revelar e iluminar la realidad que, a pesar de estar frente a nuestros ojos, es imperceptible para la mayoría de las personas, haciéndonos acceder, en definitiva, a la carta robada, la que guarda el recetario de hilos invisibles que conforman una “galaxia de fraudes” (Guerra 105).

En esta novela, Lucía Guerra ficcionaliza la vida de una mujer de clase alta, Cristina, que cumple con los estándares sociales que, en apariencia, sindican una vida perfecta. Posee una sólida posición económica, respeto social, un marido exitoso, una hija hermosa, una casa grande, servicio doméstico, reconocimiento profesional como periodista, es decir, cumple con los requisitos, tal como ella misma señala en la novela, de una “Señora Bien”. Sin embargo, la aparición de los primeros síntomas de la vejez gatilla un progresivo cuestionamiento de su estilo de vida. Aquí juega un rol central su muñeca Ariadna, dado que es un permanente recordatorio del quiebre de uno de los valores supremos de la mujer en una sociedad patriarcal: la juventud. Precisamente, la forma en que mujeres y hombres experimentan el envejecimiento le muestra las profundas diferencias que se producen entre uno y otro género. No por nada mientras la vejez masculina es sexualizada y valorada socialmente, la femenina es rechazada y sancionada. A partir de allí, la protagonista enfrenta un “despojo de  todas esas absurdas máscaras” (16).

Ahora bien, la novela desarrolla el desenmascaramiento en dos niveles. Uno. El proceso individual que experimenta Cristina y que es concordante con la subordinación que experimenta una mujer de clase alta. Dos. El peso combinado del sistema patriarcal y la discriminación de clases que se evidencia en la parte de Aurora.

EN LO ALTO

Más allá de las máscaras establece claves del dominio logofalocéntrico desde los nombres mismos de los personajes. Interesa, en esta línea, que la protagonista porte la versión femenina del nombre de Cristo y que las figuras centrales de su vida (Alberto, el esposo, Angélica, la hija) tengan nombres provenientes del santoral católico y que, además, comienzan con la letra A, el alpha, el principio rector. Es más, tanto el esposo como la hija condicionan las funciones vitales de Cristina:

–Te quiero porque, antes que nada, eres la madre de mi hija –decía él y me plantaba una máscara.

–Mamá, haces los postres más ricos del mundo –exclamaba Angélica y, sin darse cuenta, me atribuía una identidad fundada en el arte culinario.  (17)

Ambos subrayan el rol de madre abnegada y esposa casta de Cristina. Como plantea la propia Lucía Guerra, la mujer interpreta el papel de Ángel del Hogar en la sociedad occidental, que es lo que hace, en efecto, Cristina. Ella no es necesaria como compañera ni pareja ni mucho menos como amante, dado que esa función recae en los múltiples enlaces extramaritales de Alberto. Así, los engaños, sumados al desinterés de su esposo, las permanentes peleas, sobre todo, los días domingo deterioran, inexorablemente, la relación de pareja:

–Y este par de zapatos ¿qué hace aquí? […]

–Se los dejé a María para que los llevara al zapatero –respondía aparentando calma.

–¿Y por qué mierda están aquí? –insistía.

–¡Por qué va a ser!... Porque no ha tenido tiempo para llevarlos al zapatero.

–Y usted, mijita, ¿no tiene manos? ¿No se le ocurre en su tarada cabecita tomarlos y ponerlos de vuelta en el closet? –me preguntaba elevando la voz. (26)

            La violencia psicológica la lleva a cuestionar no solo su vida personal sino, también, el rol que le es asignado a la mujer en una sociedad patriarcal a nivel económico, político, histórico y filosófico. Principalmente, porque en Occidente se han generado una serie de discursos que construyen una determinada estructura de poder:

Recordé que, en el curso de Historia de la Filosofía que había tenido que estudiar en la universidad, no aparecía ninguna mujer. Era la Filosofía, así en femenino, y hasta con una diosa griega, pero ¿mujer que se hubiera destacado en esa área del saber? ¿Filósofa? […]  Y en los numerosos cursos de Historia dividida en diferentes épocas y según cada territorio, los protagonistas eran siempre hombres: Napoleón, Julio César, Carlomagno, Mussolini. Eran ellos quienes habían hecho la Historia (22)

            A partir de este resquebrajamiento interior, Cristina emprende un trayecto de liberalización que la conduce a romper con su celda invisible, desafiando la “economía del deseo” que –al decir de Irigaray- regula el intercambio de parejas. Así, la mujer “cae” en el adulterio, transgrediendo los “modelos implantados en el nombre de la virtud” (36). Guerra subraya, así, la diferencia semántica que encarna el adulterio femenino y el masculino, sobre todo, en el siglo XX. Si los constantes engaños de Alberto son parte de un estado de cosas aceptado y permitido, el de Cristina la convierte, inevitablemente, en una “pecadora”. Más allá de las máscaras recoge, en este sentido, una apreciación que caracteriza idóneamente las consecuencias de la falta: “Las mujeres que tienen la osadía de transgredir las leyes del sacro matrimonio son: adúlteras, réprobas infieles, Evas traicioneras, viles pecadoras, enfermas de fiebre uterina, putas...” (37).

Más allá de las máscaras evidencia el quiebre de esta economía del deseo no solo porque la transgresión es protagonizada por una mujer que deja de ser objeto para transformarse en sujeto de deseo sino porque, a diferencia de las construcciones masculinas del eros femenino, en la novela encontramos un goce, una jouissance, que toca de distintas maneras las hendiduras del placer:

No. No habría sido posible imaginar tu ternura de paloma recién nacida. No, nunca habría podido bordar ese sueño con ribetes de música (porque fuíste prolongando cada caricia y, mientras yo esperaba anhelante, prendiste la radio en el velador y en volumen muy bajo, emergió el saxofón de Charlie Parker en esa grabación de baladas tristes y sensuales). Tus caricias fueron entonces la resonancia viviente de cada inflexión del saxo alto. Me cubriste el rostro de besos, después, con tu lengua en la mía, empezaste a desabotonar mi vestido. Uno a uno se abrieron los ojales hasta la cintura y entonces, dejaste de besarme para contemplar mis senos aún aprisionados por el sostén […] Los acariciaste palpando, con dulzura, todo su contorno y lamiste los pezones, como si estuvieras saboreándolos. Volviste a besarme en la boca, e hiciste deslizarse el vestido hasta el suelo para postrarte frente a mi cuerpo y ahora besarme con el rostro hundido entre mis muslos. Hiciste florecer mi cuerpo en amapolas carnosas, en magnolias blancas bajo un atardecer asoleado, en azucenas sagradas y malvas viscosas (45)

            Acorde a la reflexión metaliteraria de la propia novela, Cristina padece la “historia silenciada de mujeres escritas a sangre y fuego” (50), cuando enfrenta la ira de su marido. No obstante, esto no es un óbice para proseguir en la reivindicación de una libertad que persigue igualar sus derechos a los del sujeto masculino. Allí encuentra, sin embargo, un callejón sin salida. No hay nada más allá de la carne que la propia carne.

            Además, este itinerario sexual de Cristina evidencia que, a pesar de reconocer su condición de subordinada, conserva su mirada de clase. De hecho, sus apreciaciones ante algunos de sus amantes resultan concluyentes:

  Para colmo, yo seguía siendo víctima de esas convenciones sociales que me ataban al laberinto de fraudes, a ese laberinto, señora, que hace de todas nosotras, peregrinas que avanzan estrellándose contra los muros de lo no dicho. Me molestaba infinitamente que Miguel fuera un vulgar fotógrafo, cómo definir la fuerza de esa inferioridad social que siempre se interponía entre nosotros. (63)

Ya de espaldas sobre el lecho, la tela áspera y desgastada de la cubrecama me produjo un escalofrío de repugnancia...” Esta tela de polyester ya debe estar bastante sebienta. ¿Cuántas otras mujeres se habrán tendido aquí con sus muslos fofos y sus piernas llenas de várices? Celulitis, vellos sin afeitar, cuerpos desaseados... ¡Dios mío! ¿Qué mierda estoy haciendo debajo de este hombre pobre y ordinario?... (70)

            EN LO BAJO

            La aparición de Aurora Espinoza, líder de un grupo de mujeres que está en huelga de hambre en apoyo de sus compañeros, trabajadores de una mina, pone a la narración en un plano mayor.  La irrupción de este personaje, cuyo nombre comienza nuevamente con la vocal A, marca el despertar definitivo de la protagonista, quien tras cubrir el movimiento   establece una suerte de amistad con Aurora. Y es que si las mujeres han sido subordinadas en el sistema patriarcal, los pobres lo han sido aún más. De hecho, esto queda en evidencia al considerar la siguiente reflexión de Cristina:

Me había conmovido la fuerza de esas mujeres y me alejé sintiendo vergüenza por mi mundo en el cual el sufrimiento siempre ocurría en una casa confortable y de cenas bien servidas. Mientras caminaba entre la multitud callejera pendiente de las últimas novedades en las tiendas, recordé aquellos días en que sufría por el abandono de Antonio y me parecieron días tan inútiles y absurdos. […] ¿Se podía calificar todo aquello como verdadero sufrimiento? Contemplando la cúpula de la Catedral, reflexioné, y tanto sufrir por Antonio me pareció, entonces, la imitación velada de ese sentimentalismo que plagaba canciones, poemas, películas y teleseries. Cómo comparar la pérdida de un amante con la angustia y desesperación de no poder alimentar a un hijo. (89)

            Ser mujer en una sociedad patriarcal implica enfrentar la discriminación. Ser mujer y pobre significa, en muchos casos, combatir el horror. Así, los conflictos de Cristina palidecen frente a los de estas mujeres: el hambre, la violencia, las privaciones materiales, las enfermedades y la muerte constituyen barreras, en muchas ocasiones, infranqueables en un entramado económico que depende de la estratificación social para estimular el desarrollo del sistema capitalista. De muestra un botón: una trabajadora del hogar es tratada despectivamente como “china” y, peor aún, como “monstruo”:

Te digo, mi linda. Estaba realmente desesperada. Esta china de mierda decidió irse de la casa, justo el día de la Navidad y me dejó no más la infame cuando sabía que esa noche, esa misma noche tendríamos invitados a comer… No vas a creer... ¡Dios mío, fue tan terrible!... que todavía se me llenan los ojos de lágrimas cuando me acuerdo. Eran las nueve de la noche y yo estaba pegada en la cocina con la Meche que lo único que sabe hacer es el aseo y llevar a los niños a la escuela, imagínate, ya eran las nueve de la noche y yo tratando de preparar las langostas y sin poder ir a vestirme para recibir a las visitas. ¡Estaba tan desesperada!... Estas empleadas domésticas son unos monstruos, te diré, unos verdaderos monstruos... Por eso, cuando alguna me colma, le pego sus buenas cachetadas. (90)

            Aurora lidera a mujeres que luchan por sobrevivir, apelando a su coraje y determinación para enfrentar los obstáculos de una sociedad que las condiciona a una posición de subordinación:

En Aurora y sus seis compañeras con quienes también conversaba, existía una fuerza que no había conocido antes en ninguna mujer. Un coraje que las hacía superar cualquier desgracia y maltrato. Carmelita, la más joven del grupo, había quedado huérfana cuando era niña y se había criado con un pariente lejano que la violaba cuando la tía no estaba en casa. Doña Marta había tenido que recurrir a la prostitución cuando era adolescente y Alicia, durante un par de años, había dormido en la calle junto a otros mendigos. Lo que más me asombraba era constatar que ninguna tenía una actitud amarga hacia la vida. (93)

            En este sentido, resulta interesante la discusión que Cristina y Aurora tienen sobre el amor:

–Por ahora, no me interesa encontrar a nadie... Pero qué es querer de verdad, en todo caso, Aurora, para mí que el amor, así como lo pintan en las películas, no existe...

–¡Pucha las cosas pa’ raras que habla usté a veces! ¡Claro que existe! Pero no tan lleno de aventuras y escenarios... Como esas historias son producto de la imaginación de los gringos que tienen tanta re-plata pa´ gastar, las llenan de mejunjes y detalles bonitos... (96)

            Aurora ha vivido un amor de pobre. Es ese amor el que la lleva, luego de muchos años, ha disfrutar de una noche de pasión con su compañero. La escenificación de ese amor implica el nacimiento de un hijo. Sin embargo, decide optar por un aborto. No porque no se sienta preparada o porque piense que han pasado los años. Tampoco porque no esté en sus planes. Para ella, tener un nuevo hijo implica necesariamente quitarle la comida a los otros: “Tenía que haber sío esa noche porque el amor tiene mucho que ver con esto de los hijos. Pero al pobrecito no lo íbamos a alimentar con amor. Miraba a los niños y se me venía el alma al suelo. ¿Qué culpa tenían ellos? ¿Cómo iba yo a permitir que viniera otro a quitarles de la boca lo poco que tenían?” (99). En momentos en que se defiende la vida no nacida a ultranza parece relevante pensar –nos dice Guerra- en la mantención, el crecimiento y el desarrollo de esas niñas y niños y no solo en su nacimiento.

            A lo largo del texto Lucía Guerra, cuyo esfuerzo teórico no puede desprenderse jamás del literario, enfrenta el abismo o, en este caso, habría que decir un “paraíso de mentiras” (104), de la mejor forma posible para ella, esto es, narrando la vida de “sujetos de segunda categoría” que, sin embargo, constituyen la base central de la historia (velada) de los seres humanos.

            Para cerrar, me interesa explicar el título del texto. Al releer la novela de Lucía Guerra no pude evitar pensar en el cuadro de Andrew Wyeth, “El mundo de Cristina”, dado que representa, en mi propia perspectiva, a un sujeto que, desde sus precariedades, intenta levantarse para regresar o encontrar su hogar. Para ello, tiene dos alternativas y una ruta abierta. La decisión pasa, simplemente, por arrancarse las máscaras y elegir destrozar a una muñeca.

 

 


 

Bibliografía

Guerra, Lucía. Más allá de las máscaras. Santiago: Editorial Cuarto Propio, 2017. 

Revista Digital Estación de la Palabra | Ed. 16