PALABRAS QUEMADAS | Ed.17

Crecer a la sombra de Parra

Escrito por Marcelo Novoa
Categoría: Palabras Quemadas 17 Creado: Lunes, 19 Marzo 2018 07:23

Allá por los noventas, en casa de Sergio Parra, llamado “Parrita” por el mismísimo don Nica, oí cómo desde La Reina, con esa voz a medias charlatán o feriante, nos cargaba la mano con su estentóreo: “¡Los poetas jóvenes no me leen!”. Con ese cófrade, gran poeta confesional de mi camada y hoy librero en alza, nos quedamos pensando, y aunque no supimos la respuesta, tampoco nos interesó perseguir su indagatoria. Hoy lo sé, un poeta mayor igual será presa de ansiedades, ninguneos y veleidades, mismas de los bardos inexpertos.

Para los poetas que asomamos cabeza fuera de las trincheras de los 80tas, ni Neruda ni Mistral nos sonaban a padres para considerar en adopción. Huidobro y de Rokha rayaron sus respectivas canchas secretas, una aérea y entusiasta, la otra subterránea e ígnea; ambos derrochando preciosa imaginería verbal a borbotones. Por lo que también nos resultaron gigantescos, aún para lo excesivo espurio que debíamos sonar para nuestros mayores. Recuerden la época de que hablo: Lihn, Teillier, Rojas y Uribe, aún caminaban entre nosotros.

A la generación de los 60tas le resultó fácil aceptar a su páter familia disfuncional. Pues Nicanor Parra les guio lejos de las acaudaladas aguas nerudianas, hasta apearse en zonas poco edificadas, barrios aledaños y cordones industriales míseros, donde hablaron de ese Chile que el mismo anti-vate anunciaría: “creemos ser país y la verdad es que somos apenas paisaje”. Aunque muchos de ellos padecieron sus tics: risita fácil, cierta ventriloquia de lo vulgar y los mejores chistes, que se los reservó para sí mismo. Siempre.

No me caía bien Parra, por muchas razones. La principal y personal, aclaro, fue que dejó morir a la Violeta en su ley del talión, para inmortalizarla luego en unas líneas salpicadas de sangre y culpa. La primera vez que vi La Negra Ester, me pesó la escena cuando los hermanos visten al poeta que aparece de espaldas, se iba a las Europas y poco o casi nada de él supieron de allí en adelante. Sigo pensando enrabiado, cuando de Rokha decidió descerrajarse un tiro, allí estuvo Carlos Droguett para sostener su mano aún caliente. El resto es literatura.

Muy luego me aproximé a su poesía, de ella hablamos ahora que, al fin, la postal no entorpece la letra, al revés, la emoción pura y el meritorio brillo de su agudeza, atestiguan mi lectura temprana de un manojo de poemas. No más tampoco. Me es clarísimo que Obra Gruesa cuece sus imágenes y ritmos en un condumio de saberes campesinos, habla popular, picaresca inglesa medieval, poesía europea callejera, y esa enterrada tradición decimonónica de los poetas de salón. Sí, Parra leía de todo, para luego retrucarlo con maña certera.

De los poetas amigos, que admiro y reconozco su valía, aún cuando transitemos por veredas verbales distintas, creo ver la raíz parriana fecundándoles, pero sin torcerles. Crecer a su sombra bienhechora, en las antípodas de aquella generación aludida, pues distingo allí nuevos giros lingüísticos, aportes y quiebres al modelo, que ni el mismo Parra advirtiera. Pienso en José Ángel Cuevas, Mauricio Redolés, Claudio Bertoni, Teresa Calderón y Eduardo Correa, entre los cercanos. Y ése sólo mérito legitima su continuidad poética.

 

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