PALABRAS QUEMADAS | Ed.18

Editorial: Homero, Ware y la narración

Categoría: Palabras Quemadas 18 Creado: Viernes, 05 Octubre 2018 07:23

Antes de las novelas, los poemarios, las crónicas o las obras dramáticas, estuvo el cómic. Superman, Flash, Hulk o Thor captaron mi interés por las historias. Con seis o siete años recuerdo que corría las dos cuadras que había de distancia desde la casa de mis abuelos y la tienda “El Viviana” (nunca entendí su inconcordancia de género) que cambiaba revistas. Sí, es como les cuento. Veamos, también las vendían, sin embargo, estaba la posibilidad de intercambiarlas. Así que por unos pocos pesos podía conocer lo que había sucedido en el último combate de Cráneo Rojo y el Capi o la última (y a estas alturas interminable) tragedia del murciélago. Recuerdo, sobre todo, las mañanas en que leía las revistas en el antejardín mientras mi abuela, pequeña, voluntariosa, incansable, corría de un lado a otro limpiando la casa, regando el jardín, cocinando pantrucas. A lo lejos, como un murmullo, aparecían los radioteatros de “Shara, historias de la vida real”, la música cebolla de los 70´, 80´, liderados por Julio Iglesias, el “Puma Rodríguez” y un incipiente Luis Miguel, y, por supuesto, los despachos de Cooperativa sobre la última irrupción del horror en nuestras vidas. Si bien como relámpagos llegaban cada uno de esos elementos, en el foco estaban los cómics: no me cansaba nunca de leer las historias de los cruzados encapotados y de las amazonas infranqueables.

En mi adolescencia se expande mi relación con el noveno arte. Primero, con los pináculos del cómic de superhéroes, es decir, The Dark Knight Returns de Frank Miller, Klaus Janson y Lynn Varley y Watchmen de Alan Moore, Dave Gibbons y John Higgins.  Segundo, con Vertigo DC y el trabajo de Neil Gaiman, Garth Ennis, Grant Morrison, entre otros. Tercero, con el cómic de autor anglosajón, francés o japonés. Crecí y maduré con el desarrollo exponencial de un arte que, a través del trabajo de Spiegelman, Satrapi, Clowes y, sobre todo, Ware, alcanzó cotas de calidad análogas al trabajo efectuado en otras manifestaciones literarias.

Aquí debo considerar una aseveración que Santiago García realiza en su muy bien documentado libro La novela gráfica, donde afirma que: “[…] estudia el cómic, pues, partiendo del presupuesto de que es una forma artística con entidad propia, y no un subgénero de la literatura”. Creo que García acierta y, a su vez, yerra en este juicio. Evidentemente, el cómic no es ni nunca ha sido un subgénero de la literatura, sino que es LITERATURA (con mayúsculas). No solo porque el trabajo de Chris Ware –por traer a colación un nombre- se puede situar, sin ninguna clase de complejo, junto a la de Joyce, Woolf u otro autor ineludible de Occidente, sino, también, porque comparte con la literatura la voluntad de narrar. El cómic o la novela gráfica es, ante todo, narración y allí tiene un amplio espectro de convergencia con la poesía épica de Homero, las novelas de caballería o los relatos de Kafka u Borges.

Ciertamente, el cómic despliega un discurso propio que consiste en la fusión de texto e imagen, pero, al final del día, persigue, al igual que la literatura, contar las historias de un predicador, una rubia y un rebelde irlandés por las rutas perdidas de Estados Unidos o el trayecto vital de tres generaciones de hombres que se llaman Jimmy Corrigan. En esta línea, estoy completamente de acuerdo con Gonzalo Martínez cuando se define a sí mismo como un “narrador”. Martínez, como muchos otros creadores del noveno arte, pone el discurso y el dibujo al servicio de relatos que nos maravillan con sus innovaciones formales o que dan cuenta de lo que somos o aspiramos, de lo que creemos y odiamos, tal como sucede cuando leemos la destrucción de un imperio por la lujuria y la belleza en Troya, o la caída funesta de la amada en Nueva York o la determinación de un hidalgo y un burgués por salir a “deshacer entuertos” y establecer la justicia en La Mancha o Gotham City.

Todo cómic es narración. Todo cómic es literatura.  

HOMERO, WARE Y LA NARRACIÓN

Por Alexis Candia-Cáceres

Antes de las novelas, los poemarios, las crónicas o las obras dramáticas, estuvo el cómic. Superman, Flash, Hulk o Thor captaron mi interés por las historias. Con seis o siete años recuerdo que corría las dos cuadras que había de distancia desde la casa de mis abuelos y la tienda “El Viviana” (nunca entendí su inconcordancia de género) que cambiaba revistas. Sí, es como les cuento. Veamos, también las vendían, sin embargo, estaba la posibilidad de intercambiarlas. Así que por unos pocos pesos podía conocer lo que había sucedido en el último combate de Cráneo Rojo y el Capi o la última (y a estas alturas interminable) tragedia del murciélago. Recuerdo, sobre todo, las mañanas en que leía las revistas en el antejardín mientras mi abuela, pequeña, voluntariosa, incansable, corría de un lado a otro limpiando la casa, regando el jardín, cocinando pantrucas. A lo lejos, como un murmullo, aparecían los radioteatros de “Shara, historias de la vida real”, la música cebolla de los 70´, 80´, liderados por Julio Iglesias, el “Puma Rodríguez” y un incipiente Luis Miguel, y, por supuesto, los despachos de Cooperativa sobre la última irrupción del horror en nuestras vidas. Si bien como relámpagos llegaban cada uno de esos elementos, en el foco estaban los cómics: no me cansaba nunca de leer las historias de los cruzados encapotados y de las amazonas infranqueables.

En mi adolescencia se expande mi relación con el noveno arte. Primero, con los pináculos del cómic de superhéroes, es decir, The Dark Knight Returns de Frank Miller, Klaus Janson y Lynn Varley y Watchmen de Alan Moore, Dave Gibbons y John Higgins. Segundo, con Vertigo DC y el trabajo de Neil Gaiman, Garth Ennis, Grant Morrison, entre otros. Tercero, con el cómic de autor anglosajón, francés o japonés. Crecí y maduré con el desarrollo exponencial de un arte que, a través del trabajo de Spiegelman, Satrapi, Clowes y, sobre todo, Ware, alcanzó cotas de calidad análogas al trabajo efectuado en otras manifestaciones literarias.

Aquí debo considerar una aseveración que Santiago García realiza en su muy bien documentado libro La novela gráfica, donde afirma que: “[…] estudia el cómic, pues, partiendo del presupuesto de que es una forma artística con entidad propia, y no un subgénero de la literatura”. Creo que García acierta y, a su vez, yerra en este juicio. Evidentemente, el cómic no es ni nunca ha sido un subgénero de la literatura, sino que es LITERATURA (con mayúsculas). No solo porque el trabajo de Chris Ware –por traer a colación un nombre- se puede situar, sin ninguna clase de complejo, junto a la de Joyce, Woolf u otro autor ineludible de Occidente, sino, también, porque comparte con la literatura la voluntad de narrar. El cómic o la novela gráfica es, ante todo, narración y allí tiene un amplio espectro de convergencia con la poesía épica de Homero, las novelas de caballería o los relatos de Kafka u Borges.

Ciertamente, el cómic despliega un discurso propio que consiste en la fusión de texto e imagen, pero, al final del día, persigue, al igual que la literatura, contar las historias de un predicador, una rubia y un rebelde irlandés por las rutas perdidas de Estados Unidos o el trayecto vital de tres generaciones de hombres que se llaman Jimmy Corrigan. En esta línea, estoy completamente de acuerdo con Gonzalo Martínez cuando se define a sí mismo como un “narrador”. Martínez, como muchos otros creadores del noveno arte, pone el discurso y el dibujo al servicio de relatos que nos maravillan con sus innovaciones formales o que dan cuenta de lo que somos o aspiramos, de lo que creemos y odiamos, tal como sucede cuando leemos la destrucción de un imperio por la lujuria y la belleza en Troya, o la caída funesta de la amada en Nueva York o la determinación de un hidalgo y un burgués por salir a “deshacer entuertos” y establecer la justicia en La Mancha o Gotham City.

Todo cómic es narración. Todo cómic es literatura.